El olor de la muerte flotaba en el aire como el humo de un cigarro derramándose en el ambiente de una sala cerrada. El oxígeno, invadido por millones de partículas de esa substancia oscura, proveniente de la multitud de cuerpos fallecidos en el lugar, apenas dejaba un resquicio libre y limpio para respirar. Muchas figuras se cernían ante la cama blanca inmaculada que contrastaba, con su presencia nívea y pura, respecto del resto de elementos que habitaban el lugar. Los invitados, los que iban a observar el macabro trámite, eran simplemente eso, invitados, pero los que realmente habitaban la sala no tenían cuerpo ni mente ni nada. Lo que sí que tenían era una presencia indiscutible, se sabía sin duda que estaban allí.
El condenado, acusado de cosas que no comprendían ni los mismos que le habían encerrado en aquel lugar, rezaba con las manos tan apretadas que se cortaba la circulación y se le volvían azules. Cerraba los ojos negros ante aquel último escenario en el que se despediría de su preciada vida, la única que tenía en aquel momento, que él supiese, al igual que el resto de invitados. Apenas un cristal separaba la víctima de su asesino, y cuando entró, arrastrando los pies y con la mirada clavada en el suelo, pues no fue capaz de mirar a los ojos de aquel hombre aterrador, un silencio opresivo se hizo con el lugar, llevándose por un segundo el aliento de todos los que se encontraban allí.
La ceremonia fue breve pero intensa. Le tumbaron en la camilla y le ataron los brazos y las piernas con correas. Cuando llegó el momento de taparle la cabeza con una capucha, este se negó alegando las siguientes palabras:
-No lo necesito. Si estas personas han venido a verme, ¿Qué sentido tiene que ahora me tape usted la cabeza? ¿Es que acaso no es ése el objetivo por el que han venido, venir a verme, para que estén seguros de que soy yo?-.
El verdugo, desconcertado, hizo un gesto con la mano a su superior, que se encontraba al otro lado del cristal, para que se aproximase. Ambos se dirigieron al interfono y al descolgar preguntó en voz baja y con insistencia:
-¿Pero qué coño está pasando, Hughes?
-Lo siento señor, pero no quiere que le ponga la capucha, señor.
-¿Y a qué demonios estás esperando para ponérsela? Es que acaso importa lo que diga?
-Señor, son las últimas palabras antes de morir, señor.
Tras un silencio incómodo, el gobernador Heffner miró a través del cristal a Hughes con el ceño fruncido y los labios apretados.
-Póngale ya la maldita inyección y acabemos con esto lo antes posible- miró de reojo a la familia del condenado que clavaba la mirada perdida en el suelo mientras se cogían sus manos. Al otro lado de la sala, que estaba dividida por un pasillo, estaba la familia de la chica que murió.
-y póngale la capucha- acto seguido, colgó el auricular y se dirigió al fondo de la sala con paso firme.
Hughes se acercó al condenado con la capucha en la mano. Éste, incrédulo, le miró con lágrimas en los ojos, dominado por la indignación. Hughes no fue capaz y en el último momento tiró la capucha bien lejos, como si fuese un instrumento peligroso que le quemase en las manos. El condenado cerró los ojos y se dispuso a recibir la inyección mortal que el médico tenía lista en la mano. El líquido venenoso penetraba en su cuerpo tenso, invadiendo todos sus órganos y por último su mente, que en un segundo estaba muy lejos del lugar. Una espuma blanca salía de las comisuras. Sus extremidades, fuera de control, convulsionaban violentamente y una mueca de horror se dibujó en su rostro pálido y endurecido, como de piedra.
El silencio acallaba los pensamientos de los espectadores, que bajo una expresión de terror, observaban el cuerpo inerte que había quedado en una postura retorcida sobre la implacable camilla blanca. En ese momento, los habitantes del lugar hicieron acto de presencia, dominando los sentimientos de los presentes.
Una chiquilla delgada y con aspecto débil se acercó al gobernador Heffer, que miraba furioso a Hughes. Le tiró suavemente de la ropa de su uniforme impecablemente planchado y dijo, con lágrimas en los ojos:- Ahora la familia de ese hombre que acaba de morir ante nuestros ojos es como la mía, acaban de perder a su hermano, padre e hijo y ni siquiera saben porqué.

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