Mientras las musas me inspiren, cuando las sombras sean más largas y oscuras.

Lo que nos convierte en dioses


Osiris veía cosas increíbles. De hecho era único en su especie. Podía ver las cosas que fueron, las que eran y las que serán, con tanta claridad como se ve una película, como una filmación inamovible. Algunos pensareis que eso es una ventaja, o quizá que no es posible, ya que ver el futuro implica que hay un destino escrito. Pero lo cierto era que de alguna manera, ese conocimiento divino era inapelable. Por esa circunstancia estaba solo. Nadie quiere saber cómo será su futuro, ya que en el momento de saberlo te das cuenta que ya no hay nada que puedas hacer y los acontecimientos de tu vida te llevarán irremediablemente a tu destino. Por ese conocimiento la gente le temía, le marginaba, criminalizando su existencia como se haría con un insecto molesto, minimizándolo, para sentirse, de alguna manera, dueño de tu destino. Para él las cosas eran claras, no había trampa. Lo único que ignoraba era su propio destino. Solo aquellas cosas que estaban relacionadas con él suponían un misterio.
Un día, un viejo arrugado se le acercó para recordar algunas cosas que ya había olvidado. Osiris le dijo que si quería podía contarle su pasado, pero se sentiría decepcionado, ya que el recuerdo se idealiza. El viejo le insistió, pues sabía de sobra que los recuerdos no corresponden a la realidad y que en definitiva, quería comprobar qué era lo que había olvidado y cómo había transformado su recuerdo. El viejo, en el fondo, deseaba alcanzar un conocimiento que es hermético, pues nunca podremos saber con certeza que aspecto de nuestros recuerdos ha cambiado y por qué.
Después de relatarle las cosas que sucedieron en su vida, el viejo le agradeció profundamente poder albergar ese conocimiento y le prometió volver con el fruto de su nueva sabiduría que aun estaba por explorar. Osiris le agradeció el interés y respeto que el hombre le había tenido y le invitó a su casa de nuevo con la expectativa prometida.
Al cabo de dos días el señor murió y Osiris no pudo probar el fruto de su conocimiento. Pensó que al fin y al cabo, las cosas que nos convierten en dioses no están a nuestro alcance, aún teniendo las herramientas necesarias.

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